Desacuerdo veraz vs empático

Desacuerdo veraz vs empático

Hace unas semanas escuche una muy interesante discusión sobre el término “accurate disagreement”, que en español sería algo así como desacuerdo veraz. La polémica en torno al tema es que, al parecer, en la arena política a la gente no le importa mucho quien comprueba con datos duros y veraces sus posiciones; sino que lo relevante es qué tan humano es el político o el emisor de la información.

Lo admitamos o no, estamos llenos de sesgos y filtros que nos llevan a percibir las cosas de cierta manera. Todos al ver una persona usamos esta serie de etiquetas que aprendimos para catalogarla, juzgarla y decidir si es confiable o no. Otra vez, lo que puede ser confiable para unos, no es necesariamente confiable para otros. Y una vez que nuestro cerebro determina si una persona es digna o no de nuestra confianza, va a hacer todo lo posible por tratar de buscar elementos que confirmen nuestro instinto inicial.

Aunque de entrada muchos consideremos que ningún político es confiable, siempre existe una etiqueta del menos peor y a partir de ahí tratamos de humanizarlo para encontrarle atributos similares a los nuestros. Lo que ahora resuena políticamente ya no es tanto el dicho sino lo que sea que diga aquel político que te hace sentir que lo conoces, que lo sientes presente y que la forma en la que se presenta es cercana a ti. Al sentir esta conexión, casi de amigo, no importa tanto si comprueba verazmente lo que dice; tu ya le crees porque se ganó tú confianza.

Mientras tanto, existen los políticos tecnócratas más profesionalizados hacia el servicio público que justifican todos sus dichos y sus hechos con cifras, investigación, encuestas, tendencias económicas, montos de inversión etcétera. Y aunque esto parezca proyectar profesionalismo y confianza, las personas, que no son especialistas en todos los temas, los ven lejanos, ajenos y (ahora) hasta desconfían de ellos.

Parece que lo que antes daba confianza: números, cifras, profesionalismo; hoy ya no sirve. Entonces cuando tienes una discusión con alguien que trae cifras y datos contra alguien que trae empatía y carisma, desde fuera, el ganador será el segundo.

Esta tendencia se está viendo en todo el mundo. Por ejemplo, quien ganó las pasadas elecciones en Ucrania, era un actor que personificó a un presidente en una serie de comedia. A los ucranianos les caía bien el personaje, y al explotar esta cercanía con la gente, los números lo favorecieron para hacerlo presidente.

En este mismo sentido, cada vez más, vemos que los políticos incluyen en sus contenidos para redes sociales fotos y videos de ellos haciendo cosas de la vida diaria como comer, correr, ir a dejar a sus hijos a la escuela, hacer las compras, etcétera. La finalidad de esto no es que lo creas más capaces de gobernar; sino personas confiables, humanas, como tú y como yo. Porque los argumentos numéricos para favorecer una política pública sobre otra, no es algo que resuena en la gente o que le pone mucha atención, o que les ayuda a tomar decisiones sobre quién votar.

Lo preocupante de esto es que ya no importa quién tiene la razón con evidencias y datos; sino a quién le crees por lo humano y cercano a ti. Esto nos puede llevar a enormes retrocesos, ineficiencia en el gobierno, gastos innecesarios, improvisación, entre muchas otras cosas. Digamos que “se lo digo a Juan, para que lo oiga Pancho”.