La escala de grises no vende y no vota

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En estos primeros meses de gobierno, hemos estado viendo cómo en la mente de AMLO está cambiar la manera de entregar los recursos destinados a programas sociales: en lugar de hacerlo a través de organizaciones; lo quiere hacer de forma directa al beneficiario para evitar la corrupción. Pero, aparentemente existen dos visiones para entender el papel de las organizaciones de la sociedad civil (OSC) en el gobierno: ángeles o demonios.

DEMONIOS: La primera visión es la de AMLO. Las OSC son espacios de corrupción y clientelismo. Todo mundo sabe que muchos de los líderes de las organizaciones beneficiadas por programas sociales no siempre le hacen llegar el dinero a los beneficiarios, se quedan con una parte del recurso, usan a sus grupos y organizaciones como grupos de presión, entre otras triquiñuelas. A pesar de diversos candados y procedimientos para otorgar recursos gubernamentales a OSC, existen muchas historias escandalosas de opacidad, falta de transparencia y rendición de cuentas, corrupción y enriquecimiento ilícito.

ÁNGELES: La otra visión es la de las pasadas administraciones, la academia, y obviamente la sociedad civil. Se considera a las OSC como espacios para el fomento de la participación ciudadana, promoción de la vida democrática; y, como instrumentos que impulsan el acceso a los derechos, generan conocimiento, crean vínculos y complementan el trabajo del gobierno. Se cree que el crecimiento social sostenido sólo es posible a través de una creciente participación de la sociedad civil organizada.

Desde las épocas del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se empezó a invertir en metodologías participativas como el programa Solidaridad. Pero, no fue hasta 2004, cuando se creó la Comisión de Fomento a las Actividades de las OSC que se creó un esquema de transparencia y rendición de cuentas. Desde entonces, el número de organizaciones se ha incrementado (En el sexenio de Enrique Peña Nieto, las organizaciones registradas pasaron de alrededor de 30 mil a casi 40 mil) y el presupuesto para las OSC ha crecido en más de 500 por ciento.

Es obvio, lo que se pelea en el fondo es poder y dinero. Las organizaciones son redes de poder, implican distribución del poder y esa es su gran fortaleza (vs. la concentración de poder). Pero la visión de AMLO quiere convertir los abusos de algunas en razón suficiente para erradicarlas. Y al parecer, ya no le importa tanto a la sociedad el tema de la concentración de poder.

Antes de AMLO, el aumento de OSC se veía como un éxito. Las mediciones de efectividad de políticas públicas (distribuidas a través de OSC) en números muestran claras mejorías en los índices de pobreza extrema, escolarización, fomento al campo, entre otros. Pero el malestar de la corrupción, al parecer, mata todo lo anterior.

Seguiremos escuchando en los medios las dos visiones: la de escándalos de corrupción en una y otra organización; y la de la sociedad civil y sus beneficiarios que pierden privilegios. Las dos son notas vendibles y de interés público. Los dos son reclamos válidos. Las emociones que se venden es la indignación del estafado y el desamparo del desprotegido.

Pues, en esta polarización de los debates, a los espectadores sólo nos queda elegir entre blanco y negro; ángeles o demonios. La escala de grises no vende y no vota…