Me equivoqué

Equivocaciones

Qué difícil es pronunciar estas dos palabritas: “me equivoqué”. Las equivocaciones son una parte clave de la evolución, de la innovación, del crecimiento. Pero la vergüenza, el orgullo y la reputación nos frenan a admitir que nos equivocamos. Y así, dejamos pasar oportunidades de mejorar, de dignamente dar la cara, de ser humildes, de ser mejores seres humanos…

Hace unos días, me topé en Discovery Channel con un programa sobre la explosión de la nave espacial Challenger que me hizo reflexionar sobre la importancia de admitir cuando uno se equivoca. Gran parte del programa está narrado por el ingeniero que se hace responsable de la explosión. Él cuenta que, poniendo a un lado la grave pena que sentía por el accidente, dio la cara y explicó los errores en el diseño de la nave y lo importante que fue esa experiencia para el éxito de futuros diseños.

Coincidió que, en esos mismos días, escuché un podcast de la escuela de negocios de Harvard sobre innovación. El experto hablaba sobre los ambientes que generan innovación y éxito en start-ups. En su exposición, subrayó que alentar un sistema de trabajo en el que no se castiguen ni se escondan las equivocaciones; sino se asuman, se reconozcan y se planteen nuevas soluciones a errores es un elemento básico del éxito.

Obviamente, me fue imposible no pensar en el nuevo gobierno de López Obrador, lleno de buenas intenciones, pero con muchos errores de ejecución, implementación, operación (y pues lo del vocabulario y las formas sí no tiene remedio). Es impensable escucharlos decir “me equivoqué”.

Yo creo que tenemos una cultura de linchamiento, que inhibe a cualquier persona a salir y admitir “me equivoqué”. Los medios se atascan de lodo cuando hay un culpable. Los jefes se desbordan de rabia y mentadas de madre contra el “cabrón” que tuvo la culpa y fue responsable de un error. Es muy cómodo que la culpa sea de alguien, pero no mía.

En contraste, admiro la cultura empresarial, de equipo, que está dispuesta a asumir las consecuencias de sus actos, a aprender y crecer de los errores. La prueba y error es una parte básica de la ciencia, de los experimentos, de la innovación. Nadie debe avergonzarse de que hay errores en un esquema de prueba y error.

Eso sí, para minimizar errores se debe contar con la gente más experimentada, con los consejos de aquellos que ya han recorrido caminos similares, con el conocimiento adquirido en la materia a nivel global. También se necesitan equipos que asuman que el experimento es del e-qui-po; o sea, todos tienen una parte de responsabilidad.

Yo pienso en qué hubiera sido del pobre ingeniero que se equivocó en el diseño del Challenger si su jefe hubiera sido mexicano, si su equivocación se hubiera ventilado ante medios mexicanos, si hubiera dicho “me equivoqué” ante una sociedad como la nuestra. No la hubiera contado. Lo hubieran corrido, desaparecido, y toda su experiencia y aprendizaje enterrado. Hubiéramos preferido volver a empezar de cero, volvernos a equivocar que darle oportunidad de enmendar su error, mejorar el diseño, aprender y lograr grandes cosas.

Estaría muy bien agregar a nuestra lista de deseos que el presidente y su equipo tengan una cultura de asumir las consecuencias de sus actos y escuchar “me equivoqué”.