“No robarás” no es tan universal como pensábamos

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Con todo el tema del huachicoleo, el terrible accidente, la falta de abasto de gasolina, y las discusiones que hay en redes en torno al tema, no dejo de pensar que nuevamente López Obrador despierta dos visiones contrastantes sobre cómo percibir el problema.

Por un lado, está la suya, la de sus seguidores, la del gobierno y de varios estudios que confirman que la delincuencia organizada es producto de la pobreza, de la falta de oportunidades y, yendo más allá, de los anteriores gobiernos que dejaron abandonados a miles de mexicanos.

Esta visión implica ver a las comunidades huachicoleras como víctimas de sus circunstancias, envueltas en un círculo de pobreza. Esta perspectiva requiere de empatía y de sensibilizarse. La manera de afrontar la circunstancia es con empatía, comprensión, con oportunidades de trabajo, becas de estudio, programas sociales para la productividad y la asistencia social a adultos mayores.

Por otro lado, están aquellos que ven al huachicolero y a las comunidades involucradas como delincuentes. Consideran que sí hay opciones: decir no a robar es una opción de libertad individual y decidir lo contrario te convierte en ratero. La manera de enfrentar el problema es aplicando la ley, reforzando patrullajes, metiéndolos a todos a la cárcel, haciendo castigos ejemplares.

Se dice que se llevan años intentando la segunda opción y no ha resultado; que el sistema pragmáticamente no da para saturarse de campesinos, mujeres y niños que participan en el robo de combustible; que no hay soldados ni policías suficientes para monitorear ductos y responder a todas las tomas clandestinas. La estrategia, muy mal explicada, es ir por los cabecillas, los que lideran o coaccionan a las comunidades, por los compradores que aprovechan precios bajos para tener mayores ganancias, por los que proveen de armas de fuego a bandas de jóvenes dispuestos a jugársela por sueldos que no podrían tener bajo otras circunstancias.

Desde fuera, a mi me causa conflicto esta estrategia en donde se decide dejar de aplicar la ley, ser comprensivo con el delincuente, encontrar justificaciones psicológicas, emocionales y sociales detrás de la motivación de sus actos.

Pienso que el huachicol es un área donde parece más fácil hacer esto porque no hay víctimas individuales del robo, mas que PEMEX, el estado, los mexicanos. No es tan claro como si un delincuente le roba directamente al panadero porque tenía hambre, porque el panadero es una empresa del estado; el afectado no es una sola persona.

¿Pero se sienta un antecedente para hacer lo mismo después en otros casos? Yo espero que no. Porque de serlo, una acción como lo es el combate al huachicol que se trata de combatir la corrupción y fortalecer el estado, puede terminar debilitando las instituciones a través de la omisión del cumplimiento de la ley.

Es un verdadero combate postmodernista donde “el malo” es malo depende de los ojos con los que se mire. La subjetividad reina en la persecución del delito. Las reglas no aplican para todos y depende de la intención y las circunstancias detrás del acto si es digno o no de castigo.

La otra opción es que la ley está mal; que “no robarás” no es tan universal como pensábamos, le falta sensibilidad social, misericordia cristiana.

O hay una tercera, se perseguirán los delitos en tanto el estado tenga la capacidad de hacerlo; de lo contrario, seremos selectivos sobre cuales sí y cuales no perseguir. ¿Usted con cuál se queda?